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La desconfianza como un potencial económico

La desconfianza como un potencial económico

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Por Billy Crisanto

Hace algunos meses un estudio de la Universidad Católica reveló, entre otros datos, que el 89% de los peruanos desconfía de los demás. El ciudadano transformado en "lobo" para no tener que ser "cordero", fue la primera lectura del sociólogo Gonzalo Portocarrero. El hecho connota otras tendencias socio-culturales, como por ejemplo el aparente carácter individualista del poblador nacional, en contraposición al milenario colectivismo que practicaron nuestras culturas andinas.
Esta tendencia evidenciaría el triunfo empírico, cotidiano y definitivo, al menos en nuestro medio, del liberalismo. Pienso que no es así por lo siguiente. Una generalizada y feroz actitud de desconfianza ya habría convertido a la sociedad en una jungla donde los fuertes devorando a los débiles, hubieran construido un escenario de agudos conflictos y contradicciones capaces de destruir los cimientos del tejido social peruano.
El tema es mucho más complejo, como lo es la realidad frente a cualquier teoría. La supuesta desconfianza no es otra cosa que una precaución frente a un sistema adverso y agresivo. Sin embargo dialéctica y paralelamente se generan prácticas solidarias que devuelven la esperanza. Por ejemplo, las parrilladas de cada fin de semana, con todo el malestar y peligro que generan, son formas de ayuda y redistribución atávicas de los pobres que recuerdan al milenario ayni.
Este sincretismo cultural es en buena parte resultado de los movimientos migratorios nacionales que ha llevado a la gente de los Andes a las grandes ciudades, otrora pobladas por herederos de la idiosincrasia hispana - occidental. Al abandonar sus tierras, los pobladores de la sierra han llevado consigo sus ancestrales valores comunitarios que se han integrado a la "cultura acriollada", tradicional de las viejas barridas de la costa.
El problema antes que tal, se convierte en desafío para afrontar los actuales momentos de precariedad económica. En efecto, el peruano común y corriente hace tiempo que desconfía del "chorreo" y reacciona frente a la pobreza de las formas más creativas y eficientes. Los clubes de madres y comedores populares son la expresión más palpable del ingenio de la mujer peruana para alimentar a sus hijos. Sí algunos de éstos se han desnaturalizado es por obra de los sucesivos gobiernos. En efecto, de organizaciones autogestionarias han querido ser convertidas en centros de proselitismo partidario.
Sin embargo ese propósito se ha convertido en un bumerán, pues precisamente la (bien disimulada) desconfianza de la gran mayoría de madres es hacia la manipulación clientelista. Es patética en ese sentido, la imagen de muchos de estos politiqueros arruinados y sin cargo alguno, después de tanta "generosidad" en las campañas electorales.
La lección a multiplicar evidencia que la desconfianza hacía los ofrecimientos, regalos y manipulaciones pueden encausarse hacia el fortalecimiento de la capacidad de crear micro y pequeña empresa. Esta fórmula no funcionaría si no se combina con milenarios valores del Perú antiguo como la reciprocidad. Se trataría entonces de una especie de capitalismo andino, tal vez expresado en la siguiente frase: "desconfianza hacia el interesado y manipulador, y solidaridad con el vecino emprendedor".

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