Humala en la partida

Humala en la partida

bll-articulo11-09-06-2011

Por Santiago Pedraglio

Las demandas sociales se presentan como la más evidente y complicada herencia que le deja Alan García a Ollanta Humala. Después de la traumática masacre de Bagua, el gobierno que se va ha gozado de una cierta tranquilidad social, a pesar del elevado número de conflictos y de personas muertas (88 en los últimos cuatro años), debido a que estos se han circunscrito a un ámbito sobre todo local.

Con las expectativas creadas, la presión contra Humala será inevitable. No se puede pretender que el nuevo gobierno resuelva de inmediato todas las demandas, pero tiene la obligación de mostrar voluntad de diálogo y tomar iniciativas a tiempo; es decir, evitar que el conflicto llegue al punto en que desaparece la posibilidad de negociar.

Humala tiene tres opciones ante esta presión social: conceder sin ton ni son, comprometerse en una política represiva, alentado por algunos medios de comunicación y por determinados poderes fácticos, o modificar de manera firme el papel que le cabe al Estado central en la relación entre la inversión privada, sobre todo en la industria extractiva, y los ciudadanos que protestan. Esta última es la opción que el gobierno de Humala debería adoptar si es consecuente con lo planteado durante la campaña electoral y con los compromisos adoptados con la población, sobre todo de fuera de Lima, que ha votado abrumadoramente por él.

Si el nuevo gobierno no encauza la demanda social, esta se convertirá en un factor de desestabilización. La actitud negligente del gobierno de Alan García para enfrentar los actuales conflictos es un perverso presente griego, y no se puede descartar que la derecha política y la ceguera empresarial alienten, luego del cambio de mando, una solución autoritaria en aras de una gobernabilidad conservadora.

La desestabilización puede venir también, pues, desde los que detentan el poder, al margen y por encima de quien ganó las elecciones. Humala tiene que trazar rápidamente la cancha en relación con este sector. Es el momento de hacerlo. El 28 de julio tiene que estar claro cómo va a gobernar para mantener el crecimiento y promover la inclusión social. Es su promesa y tiene que cumplirla.

El desafío del presidente electo es evitar un gobierno errático, que se paralice por los constantes cambios de opinión. Esta será, antes que nada, una pugna consigo mismo. Desde antes de la segunda vuelta se ha producido un movimiento de Ollanta Humala hacia el centro, lo que es comprensible; pero no puede suceder que falten ideas claras, e iniciativas, o que se vea atrapado –y paralizado– entre las demandas sociales que buscan la redistribución y aquellas otras que proponen que todo quede como está.