Espanto

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Por Guillermo Giacosa

Hay notas que son imposibles de leer sin sobrecogerse. Esta, de Martin Kurnaz, aparecida en el New York Times, es una de ellas.

“Partí de la Bahía de Guantánamo de manera similar a como había llegado casi cinco años antes: aherrojado de las manos a la cintura, de la cintura a los tobillos y de los tobillos a un perno en el piso del avión. Mis oídos y mis ojos estaban cubiertos, mi cabeza encapuchada, y aunque era el único detenido en ese vuelo, me drogaron y me vigilaron por lo menos 10 soldados. Más tarde supe que mi vuelo de Guantánamo a mi patria, Alemania, costó más de un millón de dólares. Cuando aterrizamos me desencadenaron antes de entregarme a funcionarios alemanes. El oficial de EE.UU. ofreció volver a esposar mis muñecas con un nuevo par de esposas pero el oficial alemán lo rechazó: “No ha cometido crimen, es un hombre libre”.

“Mi error –sigue Kurnaz– fue viajar, a los 19 años, a Pakistán para estudiar el Corán. Allí, en un bus, ya de regreso a Alemania, la Policía me detuvo para ver mis papeles y hacerme unas preguntas. Luego de algunos días me entregaron a funcionarios de EE.UU. que, supuse, me darían un trato justo. Estaba equivocado, más tarde supe que EE.UU. pagó una recompensa de 3,000 dólares por mi persona. Al parecer EE.UU. distribuyó volantes, prometiendo que la gente que entregara a presuntos talibanes o miembros de Al Qaeda, recibiría –según el texto de un volante– suficiente dinero para ocuparse de su familia, de su aldea, de su tribu por el resto de sus vidas”. El resultado de esta idea absurda –dice Kurnaz– fue que muchos inocentes terminaran recluidos en Guantánamo.