Si alguien quiere entender la lógica de la acción gubernamental hasta la fecha, y de lo que nos depara en los siguientes tres años, analizar lo que constituye este nuevo plan de gobierno parece ser la clave.
Continuidad neoliberal y cambio privatista
El gobierno aprista ha regresado a la economía neoliberal extrema, ultraliberal, del fujimorato. Sus características centrales: trabajadores sin derechos laborales y con salarios estancados, campesinos y pequeños productores sin apoyo estatal y sujetos a una creciente competencia desleal de importaciones,
privilegios tributarios a las grandes mineras e inversiones financieras, recaudación tributaria insuficiente para brindar educación y salud de calidad para todos, prioridad a la minería y de la extracción de recursos naturales sin transformar. Tales son las orientaciones de una política que
sustenta una economía que crece pero a favor de las ganancias empresariales y sin que la distribución alcance a los pobres.
|
Un crecimiento económico que solo genera ingresos para unos pocos, y que descuida la pobreza, la educación y la salud, no es progreso. El Estado debe favorecer el desarrollo de empresas que agreguen valor, pero con justicia social. |
|
Los artículos de "El Perro del hortelano", defienden la profundización de esta política, con cambios que tienen sabor a pasado. Facilitar que las empresas mineras puedan quitar de la tierra a los campesinos hace recordar las luchas de las comunidades del centro del Perú en los años 50, retratadas en “Redoble por Rancas”, la inmortal novela de Manuel Scorza. El entregar los recursos y territorios de la amazonía a empresas privadas, sin reparar en pueblos indígenas ni medio ambiente, recuerdan la explotación del caucho de principios del siglo XX que diezmó a muchas poblaciones selváticas y acabó sin pena ni gloria. La política económica de Alan García regresa al neoliberalismo extremo de Fujimori y Odría. En la política macroeconómica, el favorecer la entrada de capitales golondrinos y permitir la caída del tipo de cambio revierte lo avanzado durante la administración del BCR en el periodo 2001- 2006. Junto a la rebaja de aranceles, esta política está llevando a un desequilibrio externo como el que provocó la recesión de 1999-2000, aunque la coyuntura internacional con precios altos de los metales nos mantenga a flote temporalmente. Con las concesiones en infraestructura y la entrega a capitales privados de grandes extensiones de tierras para minas y biocombustibles, regresan las privatizaciones a gran escala.
Mientras tanto, la triplicación o cuaduplicación de los precios de metales como el oro, el cobre y el zinc ha llevado a ganancias extraordinarias de las empresas mineras que superan los 10,000 millones de dólares 10% del PBI, ganancias que el gobierno deja pasar sin renegociar contratos ni cobrar a todos las regalías aprobadas por el Congreso anterior. Estas políticas han sido defendidas por Alan García en sus célebres artículos, señalando a todos los que buscamos una mejor distribución del ingreso como un “perro del hortelano”, porque, según el presidente, al hacerlo está impidiendo la inversión y el progreso. Nada más falso. La inversión que promueve el avance tecnológico y el crecimiento económico sostenible, se basa en conocimientos e instituciones, en educación y eslabonamientos productivos, no en la explotación de recursos naturales sin procesar. Un crecimiento económico que solo genera ingresos para unos pocos, y que descuida la pobreza, la educación y la salud, no es progreso. El Estado debe favorecer el desarrollo de empresas que agreguen valor, pero con justicia social.
La política: represión y agresión
Junto a esta política económica, el gobierno apuesta por perseguir a quienes se oponen desde el movimiento social. El caso más sonado ha sido el de
Melissa Patiño, pero junto a ella hubo otros seis detenidos. Se han acumulado ya más de una docena de muertos por represión policial a reclamos populares. 35 campesinos y dirigentes que promovieron la consulta ciudadana en relación a la
mina de Majaz están acusados de terrorismo.
Ello se suma a una descalificación de quienes critican al gobierno, que son groseramente atacados por el propio presidente y el premier. Al ataque ideológico del "El Perro del hortelano" han seguido adjetivos como rojimios, trasnochados, comunistas, comechados,
infelices. El coro que en torno a las medidas del gobierno hacen la mayor parte de canales de televisión y muchos medios masivos de comunicación sustenta esta política, como en el caso de las absurdas acusaciones contra Aprodeh y los defensores de derechos humanos llamándolos “traidores a la patria”, que han merecido una llamada de atención de la propia
Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Por otro lado, el re-posicionamiento del gobierno aprista a la derecha de Lourdes Flores, le exige a Alan García un esfuerzo por lograr convencer a los apristas, que han seguido orientaciones más centristas en los últimos 30 años. Ese es uno de los objetivos
principales tanto de los artículos como del último libro de García. Al mismo tiempo, este giro ha dejado a la derecha política sin más trabajo que el de aplaudir al gobierno e irse acomodando a la cola del Apra.
Sin embargo, esta política mantiene un serio problema: la realidad de la mayoría de los peruanos, cuya situación económica y social no mejora a pesar que las grandes empresas están viviendo un boom de ganancias. Por eso cierta insistencia en los últimos meses del gobierno por promover más la inversión social, con iniciativas como‘Crecer’, ‘Juntos’, laptops para niños y otras, que hasta ahora son mucho ruido y pocas nueces. Aprendiz de brujo
La principal razón por la cual este modelo de exportación de minerales y grandes empresas no se sostuvo en el Perú de hace 50 años fue la protesta social y las ideas de cambios encarnadas en
Acción Popular y la Democracia Cristiana de entonces. Esta dinámica de cambio social es lo que García quiere controlar, con una combinación de represión y de ofensiva ideológica (hacia su propio partido y la opinión pública) con su teoría del “perro del hortelano”. Su gran apuesta: contener un movimiento social disperso y mantener a la izquierda y el centro a la defensiva, para que las elecciones del 2011 repitan el escenario del 2006.
El inusualmente alto crecimiento económico lo ayuda, al generar empleo y reducir un poco la pobreza, lo que permite mantener algún –minoritario–respaldo en la opinión pública. Pero este crecimiento económico está sostenido en precios extremadamente altos de los metales, que permiten mantener el dólar y las importaciones baratas. Es porque el oro, el cobre y el zinc hoy valen cuatro veces más que durante el gobierno anterior, que el gobierno tiene fondos para ampliar ‘Juntos’ y construir carreteras. Pero esos precios no mantendrán ese nivel tan alto por siempre: los metales no son como el petróleo.
Es por eso que, aunque no sea obvio ni siquiera para él, Alan García está jugando nuevamente, en este su segundo gobierno, a aprendiz de brujo. En esta ocasión, sustentando el crecimiento económico en precios internacionales muy altos pero no sostenibles,
al mismo tiempo que agrava la desigualdad, deja de lado reformas claves en educación, salud y justicia, y enrarece el clima democrático necesario para el diálogo y el entendimiento.
|