Manuel Córdova Ríos fue el más grande shamán nacido en la Amazonía Peruana. El botánico estadounidense Frank Bruce Lamb escribió cuatro libros sobre su vida que se publicaron en varias lenguas. Solía reunirme con él por lo menos una vez a la semana en su casa de Iquitos para conocer los interminables secretos del curanderismo amazónico. Manuel Córdova Ríos era, en la rígida jerarquía del shamanismo mestizo, un Banco. Es decir, ocupaba el más alto rango, siendo un consumado maestro.
 |
En una de esas tardes en la que no recibía pacientes que acudían a él por decenas y centenares en sus días y horas laborables, alguien tocó la puerta. El viejo shamán que ya frisaba los 80 años, fumaba su shimitapón o pipa mágica y lanzaba volutas de humo al aire. Se quitó la pipa de la boca y gritó: “¿Quién es? Al otro lado de la puerta una voz apagada y temblorosa contestó: ”Don Manuelito, estoy muy enfermo y quiero que me cure”. Córdova Ríos ordenó que el visitante abriera la puerta y observó con sus ojillos penetrantes de serpiente al inesperado paciente. Luego, cortante, le dijo: “Regresa en 15 días y por favor cierra la puerta”.
“No puedes hacer eso, el hombre se veía muy enfermo”, protesté con respeto. Manuel Córdova me apuntó con fijeza con sus ojos ofídicos y aseguró pausado: “He mirado en su interior y he visto que se va a morir pronto. Ya no puedo hacer nada para curarle”.
Esta “mirada al interior” de la naturaleza humana por parte del shamanismo tiene explicaciones mágicas, pero también científicas. Para el siquiatra francés Jacques Mabit, fundador y director de “Takiwasi”, el Centro de Rehabilitación de Toxicómanos y de Investigación de las Medicinas Tradicionales ubicado en Tarapoto, la parte más fina de la ciencia, la física cuántica, la biología molecular y los campos morfogenéticos convergen con el shamanismo.
En la experiencia shamánica, los estados visionarios de conciencia, el tiempo y el espacio son relativos. La objetividad no existe, no hay separación entre lo observado y el observador; el sujeto es fuente de conocimiento y dentro de su ser se descubren las leyes del conocimiento.
La llave maestra de esta convergencia es el ayahuasca (Banisteriopsis caapi), la planta maestra del shamanismo amazónico. En su libro La Serpiente Cósmica, el ADN y los orígenes del saber (Takiwasi y Racimos de Ungurahui, Lima, Perú, 1997), el antropólogo Jeremy Narby se asombra de las posibilidades de la composición química del ayahuasca.
“En efecto, esta mixtura alucinógena, conocida sin duda desde hace milenios, es una combinación de dos plantas. La primera contiene una hormona que el cerebro humano produce naturalmente, la dimetiltriptamina, que, sin embargo, es inactiva por la vía oral, puesto que está inhibida por una enzima del aparato digestivo, la monoamino oxidasa. Ahora bien, la segunda planta de la mixtura contiene precisamente varias sustancias que protegen la hormona del asalto de la enzima”.
El shamanismo, la matriz de la cultura amazónica, tiene miles de años. En la Amazonía Peruana los Cocama - Cocamilla, descendientes ancestrales de los Tupí-Guaraní, que crearon hace cuatro mil años una de las civilizaciones precolombinas más notables, son los grandes curanderos. En el lago “Achual Tipishca”, un meandro del Bajo Huallaga, han edificado una suerte de axis mundi del shamanismo.
Allí entrevisté al Banco José Curitima Sangama; le dije que había conocido al shamán Manuel Córdova, quien no necesita pulsear a los pacientes para saber qué enfermedad tenía. ¿Es eso posible?, pregunté. “Es posible. Yo también veo al interior”. Sobre los cambios culturales en las nuevas generaciones me confesó: “Los jóvenes casi no tienen interés en las plantas. En cambio antes, cuando yo era muchacho, había mucho interés. Ahora no quieren tomar ayahuasca ni fumar tabaco. Ahora sólo fuman tabaco rubio y cuando nos ven fumar negro dicen, burlándose, ese es un brujo cochino”.
A 14 kilómetros de Iquitos está el centro shamánico “Espíritu de Anaconda” de Guillermo Arévalo Valera, shamán Shipibo que tiene la categoría de Mueraya, la más alta de la jerarquía en el curanderismo Pano. Allí he dialogado con decenas de pacientes que llegan de Estados Unidos y Europa, ingieren ayahuasca y bajo el estímulo del alcaloide buscan curarse de los infernales males psicosomáticos; flagelos del alma en la sociedad postmoderna del siglo XXI. |