Bajo La Lupa 14
Revista Mensual
de Analisis y Propuestas
N° 14
 
¿Podemos frenar el cambio climático?
Nuestro bosque amazónico en peligro
La desaparición de los glaciares
¿Que políticas nos ayudarian?
 
 
 
 
En este número
 
Portada

Editorial
CAMBIO CLIMÁTICO MOMENTO CLAVE

El ABC DEL CAMBIO CLIMÁTICO

EL PERÚ EN UN MUNDO RECALENTADO

NUESTRA SIERRA ESTÁ CALENTÁNDOSE

PÁRAMOS, JALCAS Y BOSQUES DE NEBLINA

Bosques:
FACTOR CLAVE

IMPACTO EN LA ZONA PESQUERA Y LA COSTA

De Kyoto a Copenhague
LAS NEGOCIACIONES INTERNACIONALES

JUSTICIA CLIMÁTICA

EL CALENTADOR "PERRO DEL HORTELANO"

ADAPTACIÓN LOCAL: CULTURA Y CIENCIA

ALTERNATIVAS ANCESTRALES

POLÍTICAS PERUANAS ANTE UN PROBLEMA MUNDIAL

NACE MOVIMIENTO FRENTE AL CAMBIO CLIMATICO

10 COSAS QUE PUEDES HACER PARA AYUDAR A CONTROLAR EL CAMBIO CLIMÁTICO

Wikipedia
 
 
JUSTICIA CLIMÁTICA
Indemnización de países ricos a países pobres por daños causados por la contaminación
 
“El cambio climático... es el mayor y más generalizado fracaso del mercado jamás visto en el mundo.”

Más de 1 trillón de toneladas de CO2 han sido liberadas en la atmósfera desde que se produjo la revolución industrial por la quema de combustibles fósiles. Desde 1850, las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de los países industrializados (EEUU, Unión Europea, Japón, Canadá y Australia, entre otros) representan el 78% del total mundial, mientras que los países en desarrollo (países del África, Asia, América Latina y el Pacifico) son responsables sólo del 22%. Hoy, esta quema excesiva de combustibles fósiles pone en riesgo la capacidad del planeta de mantener un clima habitable. En esta correlación histórica y recuento de datos y cifras, vemos que durante varias décadas ha habido “fuga” de carbono, principalmente, del Norte al Sur, lo que ha ido generando un cambio climático global y este es un elemento que ha ido frenando y poniendo en riesgo el desarrollo sostenible de los países en desarrollo. Las emisiones excesivas y continuadas de los “países ricos” han estado y están vulnerando el derecho de millones de personas a gozar de un aire limpio, del agua, del suelo, las tierras que necesitan para subsistir y las actividades socio económicas que de ellas dependen.

EL QUE CONTAMINA DEBE PAGAR

Para enfrentar este cambio climático global, se requiere que los países en desarrollo consideren un marco de Justicia Climática. La base debe ser el principio contaminador - pagador, es decir, que el contamina debe pagar por ese efecto nocivo sobre el resto de personas y el ambiente. Así, los países industrializados (conocidos como desarrollados o ricos) deben asumir su responsabilidad por los daños causados por la contaminación de gases de efecto invernadero.

Es decir, tienen que hacerse cargo de los costos de limpiar dicha contaminación e “indemnizar” a las víctimas por el daño ambiental que han generado. Por lo tanto, la Justicia Climática reclama con todo derecho que los países industrializados se hagan responsables de los daños provocados en la atmósfera, en el clima, y en los sistemas humanos y naturales por efecto de la contaminación por Gases de Efecto Invernadero. La “deuda ambiental” en la que se ha incurrido para crear riqueza contaminando con estos humos es una obligación que le adeudan los ricos responsables de la contaminación a los pobres que han sufrido su impacto.

JUSTICIA CLIMÁTICA

Indemnización de países ricos a países pobres por daños causados por la contaminación Mientras durante varios siglos se han explotado los recursos del planeta -generando enormes beneficios, incluyendo riqueza material, una vida más prolongada y seguridad, especialmente para los ciudadanos del Norte-, a su vez se ha contaminado la atmósfera de todo el orbe. Para revertir eso los países industrializados son los que tienen el poder, recursos, tanto económicos como humanos, y la capacidad tecnológica necesaria para enfrentarlo.

Nos encontramos ante un principio ético ampliamente aceptado y comprendido en el mundo entero. Cuando uno hace daño a otra persona, tiene dos obligaciones: dejar de hacerle daño y ayudarle a sobrellevar el daño ocasionado. En este sentido, según el enfoque basado en la equidad y la justicia, los países tanto responsables de producir un nivel excesivo de emisiones somos capaces de proporcionar asistencia son quienes deberían asumir los costos.

Oxfam propone una Financiación para la adaptación que asciende a 50,000 millones de dólares anuales como mínimo e identifica responsabilidades para lograr una adaptación justa: Estados Unidos debe contribuir aproximadamente el 40% de los recursos que se necesitan cada año, la Unión Europea del 30% y Japón del 10%. En la Unión Europea, los cinco “donantes” principales deberían ser Alemania, Reino Unido, Italia, Francia y España.

REDUCCIÓN DE EMISIONES DE GASES

Sin embargo, además de la responsabilidad que asuman los países industrializados y transfieran fondos para la adaptación, es URGENTE que estos reduzcan sus emisiones actuales para evitar poner en peligro la vida y el sustento de millones de personas de los países en vías de desarrollo, quienes son los menos responsables del problema y los peor preparados para afrontarlo. De este modo, la Justicia Climática –como una de las formas de la justicia ambiental- no busca otra cosa que el trato justo entre todas las personas y países, así como evitar las discriminaciones que pueden conllevar determinadas decisiones y proyectos que pretenden precisamente tratar este problema. Con la implementación de esta Justicia se promoverá una transición justa a un futuro sostenible que a la vez proteja a las personas y países más vulnerables de los impactos del cambio climático.

En diciembre de 2009, en la Cumbre de Copenhague, exhortemos a los países desarrollados a llegar a un acuerdo internacional justo y suficiente sobre el cambio climático, que asegure nuestro futuro y el de las próximas generaciones, este acuerdo debería reconocer que los países ricos han hecho el mayor daño a nuestro clima y deben ser los primeros en ser parte de la solución.

 

  

   
COSMOS, TIERRA, HUMANO

ESCRIBE ALEXANDRO SACO

Existe todo un debate en relación a la denominación exacta que se debe utilizar para los cambios que el planeta sufre por acción directa del ser humano; sumado a ello ha aparecido una corriente que simplemente niega o relativiza la existencia de cambios en el equilibrio planetario. Ambos debates son secundarios. Lo concreto es que la Tierra como ser en sí mismo, viene siendo afectada acelerando su envejecimiento por acción directa del ser humano. El deterioro de ese equilibrio es el mayor reto de la humanidad. Ello porque al ritmo actual de extracción y uso de los recursos naturales, simplemente el planeta colapsará y con él el humano se extinguirá.

Esa es la magnitud del proceso intrínseco a la propia cultura y civilización. Es decir, la destrucción de la Tierra es inherente al ser humano, a sus avances/retrocesos. Por eso resulta muy complicado detener, aminorar, mitigar o equilibrar el daño causado. No es un problema político ni económico; es un asunto existencial, en el sentido de existencia.

El humano no ha comprendido lo que la existencia significa; sólo existe a costa su entorno. No hay evidencia, más allá del entusiasmo científico, que demuestre que el avance tecnológico expresa una ruta positiva de integración con el planeta y el cosmos. Esa desconexión que aísla al humano del universo para encerrarlo en los temas humanos, es lo que se necesita superar.

Antes que asumir ello, se ha preferido que el proceso de deterioro del planeta sea una nueva etapa de lucha ideológica. La derecha, con FAES (Fundación encabezada por Aznar) a la vanguardia, niega que ese proceso exista. Alguna izquierda ha encontrado en un pseudo-ecologismo una nueva bandera para enfrentar al capitalismo. Pero el asunto es mucho más interesante que el ánimo negacionista o el reivindicativo de estos sectores; implica desprendernos del antropocentrismo: ese absurdo pensamiento que a lo largo de los siglos y desde toda ideología o religión, ha colocado al humano como centro del universo.

TIEMPO Y ESPACIO

Si todo el tiempo de existencia del universo fuera como un año, la presencia del humano como tal en el planeta, sólo sería el último segundo, del último día, de la última hora, del último minuto del 31 de diciembre de ese año. Y en relación a la magnitud espacial de nuestra presencia, se sabe que sólo en la vía láctea, que es una de las miles de millones de galaxias del universo, existen más estrellas que todos los granos de arena de todas las playas del mundo juntas. Se trata de constataciones irrefutables de la intrascendencia de todo lo que el humano ha podido crear, hacer y ser. Ello no niega los grandes logros del alma y del cerebro humano, como el arte, la ciencia, la solidaridad y tantos otros rasgos de una cara de la humanidad.

Pero sí, nos confrontan con nuestra altanería antropocéntrica frente al universo y a la Tierra, que está llevando al colapso de esta esfera celeste que el universo nos entregó. Por eso, el problema no es sólo ideológico ni político ni económico; analizarlo desde esas perspectivas y sobre ello incorporar las mismas disputas de siempre es un despropósito. Queda conectar al humano y a toda su capacidad con ese cosmos del que la Tierra y nosotros somos parte mínima. Todas las opciones útiles para revertir el daño causado al planeta, pasan por reencontrar esa conexión perdida o negada por la cultura.

Eso que a primera vista pareciera demasiado complejo, no lo es. Sólo hace falta quitarse los zapatos, caminar sobre el césped o el barro húmedo, colocarse bajo una caída de agua, sumergir la cabeza en una ola o en la corriente de un río, acariciar a un elefante, un caballo o un perro, sentir la brisa sobre el rostro mojado, abrazar un árbol o treparlo, dormir bajo el cielo en una noche estrellada, ¿es tan complicado reencontrarnos con el cosmos? Luego de ese convencimiento, vienen las políticas públicas y la batalla política.
   

 
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Bajo La Lupa N° 16

 

 
 
Última actualización 11-May-2010
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