SEQUÍAS E INUNDACIONES, friajes, terremotos, huracanes cada vez más frecuentes e intensos. El cambio climático ya esta aquí. Y llegó para quedarse.
Este número de Bajo La Lupa está dedicado a informarnos sobre sus múltiples facetas y graves consecuencias: deshielo de glaciares y reducción de las nieves perpetuas que son nuestras principales fuentes de agua para riego y consumo; ruptura de los equilibrios ecológicos y amenaza la supervivencia de una diversidad de especies animales y vegetales; aumento de plagas y enfermedades; pérdidas inéditas para los agricultores y creciente inseguridad alimentaria para vastas poblaciones...
Los más afectados, como siempre, son los más pobres. En las ciudades, los que viven en las zonas marginales, en laderas empinadas y cañadas susceptibles a deslizamientos. En el campo, los pueblos indígenas que han sido desplazados de los fértiles valles a las zonas bajas inundables o las alturas propensas a heladas, las familias de pequeños productores que no tienen como asegurarse en previsión de una mala cosecha o resguardar a sus animales del friaje. Cualquiera sea el lugar donde ocurre el desastre y cualquiera sea éste, los primeros en sufrir y los que tienen menos oportunidad de salir adelante son
los viejitos, personas con discapacidad, los niños, los miles de mujeres y hombres que sufren desnutrición no porque no sepan comer sano y balanceado sino porque sus platos nunca reciben lo suficiente. 325 millones suman las personas afectadas por el cambio climático: la gran mayoría de ellas vive en los países pobres de África y América. 315 mil seres humanos mueren cada año por hambrunas, enfermedades y desastres climatológicos: 99% de ellos son pobres.
Lo más grave es que estos “desastres naturales” ya no tienen nada de naturales. Este cambio climático, anunciado hace 40 años por un grupo de connotados científicos, está directamente relacionado con el modelo de desarrollo industrializador y consumista que el capitalismo ha impuesto en el mundo entero.
Entre los principales responsables: las empresas mineras que envenenan ríos y manantiales con sus desechos tóxicos y destruyen miles de hectáreas con sus explotaciones a tajo abierto; las madereras que saquean los bosques nativos, las agro- industriales que están deforestando las selvas tropicales
para sembrar pastos y forrajeras, soya y caña de azúcar para bio-combustibles; y por supuesto, las industrias todas y todos los que vivimos en las ciudades y viajamos en carros y en aviones, con nuestros patrones de producción y de vida cada vez más dependientes del consumo de energía barata, fundamentalmente
petróleo, que al contaminar la atmósfera produce el calentamiento de nuestro planeta entero.
A pesar de ser los principales responsables, los países más ricos y las grandes empresas no parecen dispuestos a asumir los costos y menos aun a cambiar sus patrones de comportamiento y consumo, que es lo único –según los expertos– que podría revertir el deterioro creciente y señalar una luz al final
del túnel.
Este año, en Diciembre, los gobiernos de todos los países se reunirán en Copenhague para discutir sobre el cambio climático y llegar a nuevos acuerdos internacionales: es una oportunidad única que no se puede desperdiciar. Los movimientos sociales deben llegar a esta reunión con propuestas alternativas, resultado de debates amplios e informados, y hacerse escuchar.
Los ciudadanos y ciudadanas comprometidos con el futuro del mundo debemos dar el ejemplo y demostrar a los irresponsables que si se puede cambiar.
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